[Flashback] El día en que Di Stéfano jugó en el estadio de béisbol de Cartagena


Foto tomada de Managing Madrid

Raúl Porto Cabrales | Especial Para PrimerTiempo.co

Fue un viernes 10 de noviembre de 1950. En plena fiesta novembrina. Una idea genial como muchas que en beneficio del deporte realiza aquel temperamental dirigente y periodista deportivo cartagenero, Ignacio Amador De la Peña, mejor conocido con el seudónimo de Igapé, quien se distinguió a lo largo de su vida por su carácter, capacidad de gestión y disposición para acometer y emprender tareas y retos.

Pero ¿qué se le ocurrió a Igapé? Pues nada menos que traer a jugar a Cartagena al mejor equipo de fútbol del mundo en aquel momento, en el apogeo de su gloria, en una acción de por sí audaz y temeraria, máxime que en aquellos años nuestro balompié no reunía una afición representativa como para respaldar un espectáculo que tenía como protagonista al club de los Millonarios, equipo bogotano que tenía en su nómina a lo más granado del fútbol universal, en ese entonces un onceno de respeto máximo, con cotizadas figuras

¡Esas eran las ocurrencias de Igapé! “Está loco y chiflado”, decían los escépticos; “eso es sólo para llamar la atención” manifestaban sus detractores, que eran muchos. Nadie en la “Heroica” podía imaginarse en lo más mínimo, que Cartagena, una fortaleza que giraba alrededor de lo que ofrecía el béisbol, el toreo y el boxeo, fuera a gravitar sobre el fútbol, un deporte que en esos tiempos carecía de prensa, de apoyo y de defensa. Quienes luchaban por su supervivencia se consideraban unos acróbatas.

En la pelota chica, la temporada profesional había culminado tres meses antes con la victoria por tercera vez consecutiva de la novena local “Indios”; en el pugilismo, se desarrollaba cada ocho días una cartelera de tipo internacional con base a la presencia de los boxeadores chilenos Jorge Álvarez, Marino Castro, Oscar Onofri y Rubén Herrera; en la tauromaquia, los aficionados se habían deleitado a principios de aquel año viendo a la máxima figura del toreo mundial, Luis Miguel Dominguín.

El plan de “Igapé” de traer a Millonarios a Cartagena era algo que tenía él desde hacía mucho rato entre ceja y ceja. Como equipo campeón del torneo profesional de 1949, el dirigente deportivo empezó a soñar en aquella posibilidad que sonaba a fantasía y a quimera. Las burlas de los indiferentes hacia el proyecto no se dejaron esperar. ¿Cómo se le ocurría a “Igapé” una idea tan descabellada de contratar a la nómina futbolera más costosa del planeta y traerla a este remanso ignorante de fútbol?

¿Quién pagaría la presencia del “Ballet Azul” en la “Heroica”? Amador De la Peña no claudicó ni se amilanó, ese no era su estilo y le propuso al Alcalde del momento, el periodista Rafael Escallón Villa, director del matutino Diario de la Costa, de corte conservador, la alocada idea. El burgomaestre, para sorpresa de todos, le dio el aval garantizándole que el municipio se responsabilizaba del costo de la atención del equipo, en lo concerniente a hotel, alimentación y transporte interno. El primer peldaño estaba salvado. La tarea tenía que proseguir.

Entonces Amador enfiló su batería sobre el objetivo final y se dirigió al máximo jerarca de Millonarios, Alfonso Senior Quevedo, su amigo de años mozos y le planteó la traída a Cartagena de los albicelestes, la cual a éste le sonó curiosa. Después de muchas vueltas, Senior cayó en las redes de “Igapé” y, lo único que quedó pendiente, fue ponerse de acuerdo con la fecha, siendo la condición que tenía que ser una vez finalizado el campeonato regular y antes que los jugadores salieran a vacaciones.

El asunto se arregló más fácil de lo que se esperaba y con ello el dirigente cartagenero confiaba dar un golpe de opinión y a la vez demostrarle a sus enemigos, que su propuesta tenía eco. No sobraron aquellos que hicieron mutis por el foro y, con ello, dar a entenderle a la población que la presencia de los Millonarios jamás se iba a cumplir. Posición perversa para buscar el fracaso.

En Cartagena no había escenario para jugar al fútbol y la gente se preguntaba en dónde “Igapé” iba a consumar su locura. Pues ni corto ni perezoso se dirigió a Carlos Pareja Navarro, el “Chito”, administrador del estadio de béisbol “Once de Noviembre”. ¿Cómo se atrevía Amador a profanar la gramilla del templo beisbolero con un partido de fútbol? La reacción de sus críticos fue apabullante. El Diario de la Costa bramaba y el programa radial “Aquí los Deportes” de Meporto rugía. Eso no se lo perdonaban.

Pero el terco dirigente siguió adelante y se programó para las fiestas novembrinas la presentación de Millonarios, habida cuenta que días antes se presentarían en Barranquilla frente al equipo Junior. Fue un gesto singular de cortesía y atención de parte del señor Senior quien decidió no cobrar un solo peso por la exhibición de su equipo, a cambio que el ingreso de los aficionados al estadio fuera a bajos precios, con el fin de pagar los gastos de organización. Encima de eso, el desplazamiento del onceno bogotano a la “Heroica” desde “Curramba” fue por cuenta de su directiva. Todo estaba servido.

La embajada “más cara del mundo” viajó vía aérea el día 8 de noviembre a la ciudad de Barranquilla y en la noche enfrentaron a la escuadra “tiburona”. Mientras tanto se iniciaban las carnestolendas de Cartagena. Al día siguiente tomaron un bus y se dirigieron a Cartagena por la incómoda carretera de la “Cordialidad”, a la cual llegaron en horas de la noche, hospedándose en el hotel “Virrey”, pleno Centro de la ciudad, esquina de las calles de las Carretas y Vicente García. Nadie se percató de su presencia. Todo un acontecimiento, no sólo deportivo sino social, pasaba desapercibido por la terquedad y la falta de visión de aquellos que manejaban la información. La prensa egoísta y malintencionada no hizo despliegue alguno.

Junto con la constelación de estrellas que vinieron en aquella ocasión integrando al club bogotano, utilizando el mismo medio de transporte se desplazó un combinado barranquillero contratado para servirle de rival, formado en su gran mayoría por jugadores del equipo Libertad, un onceno creado por Roberto Esper con miras a participar en el año 1951 en el torneo rentado. Sería esta su segunda salida.

Era el primer encuentro en Cartagena que enfrentaba a dos equipos de fútbol profesional. Días antes, el 24 de septiembre, del mismo año, en la cancha de la Base Naval se había visto al Atlético Bucaramanga ganarle tres goles a cero a la Selección Bolívar. Sólo mencionar que en Millonarios estaría alineado la “Saeta Rubia”, como sé conocía al goleador argentino Alfredo Di Stéfano, valía la pena pagar la boleta, cuyos precios eran de dos pesos en sombra y un peso en sol.

Llegó el día 10 de noviembre y, desde temprana hora, se observó un inusitado movimiento alrededor de la Heladería Americana ubicada detrás de la Catedral en la calle del Arzobispado, todo porque en aquel lugar era donde se expendía la boletería. Mientras eso sucedía, ”Igapé” y José Manuel Zapata, su compañero de confianza en todas sus locuras, organizaban el terreno de juego. Bajar la loma de lanzar, ubicar los arcos y marcar el terreno, fueron las tareas emprendidas.

En las Escuelas Salesianas, se fabricaron las porterías para el magno acontecimiento futbolero. “Una se colocó dónde está el plato y la otra en lo profundo del jardín central”, nos comentó en una ocasión la mano derecha de Amador. “Lo que no permitió el “Chito” Pareja fue que marcáramos el terreno con cal, porque después quedaba pintado. Solicitó entonces que utilizáramos arena dulce, y así se hizo”, recordaba Zapata.

Millonarios se vino con toda su corte celestial encabezada por los mejores jugadores del mundo en aquel momento, como lo eran los argentinos Alfredo Di Stéfano, Adolfo Pedernera, Julio Cozzi y Néstor Rossi, un cuarteto de miedo. Con ellos estaban sus compatriotas Carlos Aldabe, Tomás Aves, Pedro Cubillón, Ángel Otero, Oscar Corzo, Alcides Aguilera y Alfredo Castillo; los peruanos Ismael Soria y Alfredo Mosquera; los uruguayos Raúl Pino, Rubén Rocha y Víctor Latuada; el brasilero Danilo Mourman y el colombiano Francisco “Cobo” Zuluaga.

Desde la una de la tarda había muchísima gente agolpada frente a las puertas de acceso de la mole de cemento del “Once de Noviembre”, muchos de ellos disfrazados con capuchones y lanzando buscapiés para animar el ambiente. Era una multitud asfixiante que formaban colas gigantescas que parecían querer, como enorme serpiente, envolver la estructura. Todo el mundo sudaba y jadeaba bajo el sol canicular. Se refrescaban cuando llegaba el frescor de una brisa cargada de salitre, proveniente de la ciénaga de la Virgen. Pero todo eso se justificaba ante la ilusión de ver en su plenitud a Alfredo Di Stéfano. Los sinsabores, pisotones, estrujones y molestias, hacían parte del ritual.

La modesta nómina barranquillera no despertaba curiosidad alguna. En ella no existían estrellas. Vino bajo la dirección del rumano Negrescu, técnico de Junior y, la componían Humberto Picalúa, Lucas Martínez, Humberto Arbeláez, Octavio “Tolimita” Ruiz, Teófilo Marriaga, “Chino” Luz, Eusebio Cantillo, Diofanor Muñoz, Heleno Gutiérrez, Carlos Marriaga, Dagoberto Ojeda, Humberto “Tucho” Ortiz, Julio Andrade, Juan Escorcia, Jaime Herrera, Conde Piquete, Escolar, Nieto, Quiroz y Ayure. Era un onceno de “puros criollos”.

A las 3 y 30 de la tarde, la clientela llenaba las tribunas con entusiasmo. Se escuchó el sonido de un pito. Era el árbitro Alfonso De la Rosa, vestido todo de negro, llamando a los equipos Millonarios y Libertad. En una preliminar, como para calentar los ánimos, habían jugado el Deportivo Magangué y la Universidad de Cartagena. A última hora De la Rosa había reemplazado en la dirección del histórico partido a José Manuel Zapata, debido a que no estaba en condiciones de hacerlo, “ya que padecía de un terrible guayabo”, según sus palabras.

Por el dogout de la derecha emergió la nómina bogotana, por el de la izquierda el onceno barranquillero, mientras que por el sistema de altavoces brotaban las alineaciones. Millonarios tuvo en el pórtico a Cozzi; defensas Pini y Mourman; medios Aves, Rossi y Aldabe; delanteros Aguilera, Latuada, Di Stéfano, Pedernera y Mosquera. El combinado “ñero” salió con Ojeda en el arco; Picalúa y Cantillo en la defensiva; Escorcia, Muñoz y Luz en la línea media y, Ayure, Ruiz, Gutiérrez, Andrade y Nieto en la ofensiva. Era la época en que se jugaba el sistema 2–3 –5.

Todas las miradas se concentraron en la melena rubia que mecía el viento del argentino Di Stéfano, centro delantero y número 9 en la espalda. Él y Pedernera hicieron las delicias del público. Los que asistieron aquella tarde fueron testigos de ver el dominio de balón, la gambeta precisa y el pase efectivo. A pesar de jugar a media máquina, fue una exhibición maravillosa, en la que desde la espectacular actuación del fenomenal arquero Julio Cozzi, denominado el “Arquero del Siglo XX”, con su manera singular de colocarse bajo el pórtico; pasando por el gran cabeceador y un muro en la defensa como Raúl Pini; la maestría de Néstor Rossi con el manejo del balón y la seguridad con que hacía las jugadas; y la rapidez ofensiva de Pedernera y Di Stéfano, quienes siempre creaban peligrosas incursiones que inquietaban el arco de Ojeda. Esa era la columna vertebral del elenco azul.

El equipo barranquillero se convirtió en un espectador más, viendo embobados jugar a esa clase futbolística que Cartagena se daba el lujo de tener en su seno bajo un sol luminoso que nunca quiso perderse del espectáculo. Di Stéfano se sobró con su innata habilidad para desbordar la extrema defensa contraria con su derroche de entusiasmo, valía y clase, rubricando su brillante accionar en todos los sectores del campo.

Y los goles llegaron en sus botines, para redondear su actuación y dejar demostrado quién era el patrón. Dos dianas impecables, perfectas, coreadas por el público entusiasta, en las que la defensa barranquillera fue desbordada fácilmente por la filigrana que tejían desde atrás los “millonarios”, era una especial dinámica.

Cuando el árbitro dio por concluido el partido, después de los 90 minutos de juego, el público premió a Di Stéfano con una ovación. Esa muchedumbre salió satisfecha y feliz porque había visto a quien se perfilaba como el “Rey del fútbol”, en una tarde inolvidable, con magia en sus guayos y que hacía del fútbol un arte: Alfredo Di Stéfano Laulhe, quien en 294 partidos que jugó con Millonarios, concretó 267 goles.

“Igapé” no cabía en su anatomía, su sonrisa de oreja a oreja lo decía todo, mientras que sus enemigos rumiaban su desespero e incapacidad.

Así pasó Alfredo Di Stéfano por Cartagena. Se acaban de cumplir 67 años, gracias a la terquedad de un dirigente deportivo que se propuso contra víento y marea, hacer algo que parecía imposible. Hoy, ese recuerdo se convierte en historia.

 

Relato publicado originalmente en mayo de 2010 en el Blog de Real Cartagena en El Tiempo, de autoría del periodista e historiador Raúl Porto.

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Redacción Primer Tiempo

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